De cómo debería ser el periodismo cultural

Recientemente, en la web Nativa, el fantástico periodista musical Nando Cruz lanzaba un dardo demasiado certero y doloroso: de un tiempo a esta parte, los críticos musicales trabajan al servicio del grupo, promotor o sello discográfico amigo. Y lo titulaba, no sin cierta sorna, “¡Mira, mira! He escrito bien sobre ti!”. Es un artículo que cualquiera interesado en el periodismo cultural debería leer. E iría más allá. El escrito de Nando Cruz es extrapolable a cualquier faceta periodística actual como mal endémico.

Por desgracia, la situación es demasiado común. Los medios matan por una visibilidad que sólo el artista les puede dar y los artistas suplican una crítica positiva que repercuta en sus ventas de discos y entradas. Un pacto tácito en que ambos salen beneficiados. Y ahí es donde Nando Cruz escupe una revelación: ¿y el lector? Es de suponer que el crítico musical actúa en beneficio del lector, ayudándole a cribar en un tiempo en que la información es inabarcable, recomendándole o guiándole. Y es por eso por lo que el lector, que no deja de ser el sustento económico de muchos medios, cae en la trampa y es engañado por intereses ajenos.

El artículo me recordó al instante a una discusión que mantuve en Twitter con Gabi Ruiz, uno de los fundadores del festival barcelonés Primavera Sound. Él defendía que la prensa no es necesaria para ellos y se posicionaba en contra de acreditar a los medios especializados a su festival. Directamente: el que no concuerde con el festival o haya realizado una mala crítica en el pasado deberá pagarse su abono. Injusto, cuando muchos medios van allí a hacer su trabajo. E igualmente injusto que aquellos que supeditan su trabajo a recibir luego unos beneficios.

El asunto es, desde luego, complejo. Los medios musicales deberían recibir ayudas, por supuesto, de promotoras y discográficas en la recepción de información (discos, nuevos lanzamientos, acceso a festivales, concesión de entrevistas) sin sentir la necesidad de deberles algo. Sólo se deben a un lector que luego será, por su opinión y la que haya vertido la prensa, el que devuelva en su medida a promotor, músico o sello según convenga.

 

 

Las ojeras del periodismo

Recientemente, en Perdidismo hablábamos sobre la crisis periodística en España a raíz de las insinuaciones de El País sobre pasar al modelo de pago. Y exponíamos que es absolutamente necesaria una base cualitativa en los grandes diarios para que el lector esté dispuesto a pagar por la información. Es “calidad” la palabra clave, no “información”. Es la primera la que debe ir inherente a la segunda para que el ciudadano se plantee otros modelos de financiación.

Hoy mismo, La Razón ha evidenciado dos síntomas fatales para el periodismo. En su artículo “Ojeras que entristecen la mirada” –disponible en su edición digital–, Marta Boira propone un tratamiento facial a Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). La Razón mata dos pájaros de un tiro. Por un lado desprestigia la imagen de Colau, non grata en el diario por motivos ideológicos; por otro, aprovecha para incluir publicidad encubierta.

Un género que cada vez se estila más en el periodismo actual, desesperado por recibir beneficios de la publicidad. El funcionamiento es fácil: el diario escribe un artículo aparentemente serio sobre un tema equis en el que aprovecha a promocionar a una determinada marca. Por desgracia, cada vez es algo más frecuente. El blog mimesacojea ya lo denunciaba en marzo de este mismo año en referencia a un escrito publicado por El País en su sección SModa. “Se trata de un absurdo texto lleno de aberraciones acientíficas y afirmaciones no demostradas acerca de los supuestos efecto perniciosos de la radiación no ionizante (como la del móvil o la del wifi). El experto consultado por la periodista es Fernando Pérez, presidente de Geosanix, una empresa que, mira tú, vive de la venta de aparatos que dicen proteger de esas ondas. Curiosamente, casi la mitad del artículo de SModa está copiado y pegado de la web de Geosanix”.

En el texto publicado por La Razón hoy, el modus operandi es exactamente el mismo. El experto aquí es el doctor González Vidal, que recomienda el tratamiento “Dark Undereyes” y la aplicación del láser Fraxel Dual. Una simple búsqueda en google termina por sacar a la luz los resultados: González Vidal dirige la clínica Miestetic que, curiosamente, ofrece el sistema “Dark Undereyes” para eliminar las ojeras. Un nuevo tratamiento que anunciaba Europa Press a principios de año y que ahora vuelve a la prensa del modo menos honroso posible por un puñado de billetes. El periodismo está cansado, falto de ideas y desesperado por ser rentable. El premio será para el que descubra un tratamiento que elimine las ojeras del periodismo.

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Perdonar y pagar

El País lleva avisándolo un tiempo. La información de calidad se debe pagar. Y, ante lo que parece una medida inminente, el diario español ha decidido allanar el camino durante los últimos días. Primero con un reportaje firmado por Rosario G. Gómez y Sandra Pozzi titulado “La prensa se asoma al pago en red”. Ahí se esgrimen motivos por el que la prensa digital ha de pasar a ser de cobro, ejemplificándolo con el modelo del gurú The New York Times entre otros. La segunda flecha la lanzó el diario en su editorial del pasado 15 de abril, titulado “Información de pago”. El País alude a la democracia y a la información de calidad para justificar que el lector deberá pagar, se intuye, por ver sus contenidos en la red. El acceso fácil y sin coste a ingentes cantidades de contenidos puede dar a los ciudadanos la impresión de que la información no tiene coste. E incluso que tiene poco valor. Pero no es así. Muy al contrario. Sin información de calidad, la democracia se resiente, dicen. Y es del todo cierto. Ahora bien, la pregunta que nos debemos plantear no es esa –más allá del método o de la forma de pago que se empleará– sino: ¿es suficiente la calidad del diario como para pagar por ella?

Durante el siglo XXI, desde la eclosión de los medios digitales, han corrido ríos de tinta sobre la financiación de la prensa. La decaída de las ventas en papel –y por consiguiente, del precio y cantidad de la publicidad–, el acceso gratuito a las ediciones online y la crisis financiera no han ayudado, ciertamente. Sin embargo, más preocupante es la crisis periodística. El País lleva en el ojo del huracán desde que despidiese a 129 periodistas el pasado año a causa de un Expediente de Regulación de Empleo (ERE). Un ejercicio demagogo, según sus detractores, de un Juan Luis Cebrián al que se conocieron millonarios sueldos y que había posicionado a su diario siempre en contra de los EREs. Otros medios, como Eldiario.es, no dudaron en lanzarse al cuello en cuanto olieron sangre. Pere Rusiñol escribía entonces en “el capitalismo de casino” que sólo con el sueldo de Cebrián durante 2011 se podrían contratar 400 nuevos redactores. Y, sin embargo, El País despidió a gran parte de su plantilla.

Y no sólo eso. Episodios como el de Chávez, donde El País hubo de retirar una portada por tratarse de una foto falsa, han minado la reputación de uno de los periódicos más influyentes del país. Ahora que parece asomarse al modelo del pago por su información, es inevitable preguntarse si el lector estará dispuesto a abonar su dinero, más allá de la crisis económica, por un diario también golpeado por la crisis periodística. Hasta qué punto los españoles habrán perdonado a El País por estos sucesos será lo que determine el éxito o no del presunto nuevo modelo.

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Confianza por los suelos

Muchos han sido los que, en los últimos años, han apuntado al auge de los blogs como uno de los causantes de la crisis periodística. Es curioso, porque la blogosfera, en muchos casos, se ha limitado a tapar los agujeros que dejaban los medios tradicionales. Especializarse en temas con menos repercusión, prestar atención a aquello de lo que no todos hablan. En el mundo ideal, deberían ser el complemento perfecto. Sin embargo, la situación no se ha producido, en ningún caso, ideal. Más bien en una guerra, con los medios dando la espalda al fenómeno bitácora para, luego, apropiárselo.

Del último estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) se extrae que los medios tradicionales aún tienen ventaja respecto a los blogs en lo que a confianza se refiere. Así, la radio tiene una fiabilidad de 5’85 (sobre 10), seguida por la prensa en papel con un 5’59 y la prensa digital con un 5’53. Para los españoles, los blogs y las redes sociales suspenden, con un 4’65 y un 4’56. Del titular que se puede sacar (“El español confía más en los medios tradicionales que en los blogs”, titulaba El País en su edición del 9 de abril) a la realidad hay un trecho.

Y es que hay una segunda lectura que estudiar de estos resultados: la confianza del ciudadano respecto a los medios tradicionales sigue siendo escasa. La radio, líder en este aspecto, ni siquiera llega al 6. Y de ahí para abajo, con la televisión (5’33) coqueteando con el suspenso. Aprobados casi celebrados que no deberían despistar por mucho que superen a los blogs. No dejan de ser unos resultados poco esperanzadores.

Es paradójico, por otra parte, que la televisión sea la que menos nota reciba por parte de los españoles, ya que en el mismo estudio se confiesa que es el medio más utilizado. Más curiosas son las razones que allí se dan: la televisión es el medio preferido precisamente por su tratamiento “imparcial y objetivo” (casi 6 de cada 10 afirman ese dato). Contradictorio.

El mayor fracaso viene con el desglose por temática. Si los medios tradicionales consiguen un aprobado no es gracias a los temas más relevantes. Son la información cultural (6’37) y la deportiva (6’16), ambas de ocio, las que mayor nota reciben. Dentro de un agitado contexto, la información de los medios acerca de la situación económica (4’80) y política (4) suspende.

Irónicamente, hay algo que celebrar: el periodista deja de ser el profesional menos valorado y le pasa semejante galardón a los jueces. No está la cosa como para tirar cohetes, desde luego.

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El arma de la información

La información puede ser un arma arrojadiza, de fuerza o impacto mayor que cualquier detonante. Su fuerza, a veces pernicial, otras bondadosa, dependerá de la magnitud del canal a través del que sea lanzada. Esto es: a mayor gente llegue, más profundos serán los agujeros. Pero, como decía, el arma puede ser utilizada también en favor de la sociedad. Abriendo la mente, mostrando verdades ocultas y necesarias de interés general, hiriendo a los que ejercen de mala manera el poder.

Así sucedió en Mali cuando el periodista Boukary Daou, que trabaja para el diario ‘Le Républicain’, publicó una carta abierta firmada por varios militares destinada a Dioncounda Traoré, presidente del país. En ella, Daou actuaba como canal para dar voz a unos militares que acusaban al presidente de la transición, el capitán Sanogo, de beneficiarse financieramente del ejército tras el golpe de Estado del 22 de marzo de 2012. “Nos hemos enterado que mientras que nosotros morimos en el gran desierto, el capitán Sanogo, por haber dado un golpe de Estado y sumido al país en la situación que conocemos, se beneficia de un salario de cuatro millones de francos CFA (más de 6.000 euros al mes)”, rezaba la carta.

Para Traoré, este era un acto que sobrepasaba la libertad de prensa por incitar a los soldados a abandonar el frente. Daou fue encarcelado poco después. Su detonación había causado efecto en las cúpulas malienses.

Sin embargo, los periodistas del país han decidido utilizar de nuevo la información como arma de presión: en una operación titulada “Prensa Muerta”, sus compañeros de Le Républicain y varios medios privados más de prensa escrita y radio se han comprometido a no publicar ningún tipo de información hasta que Daou sea liberado. Sambi Touré, director del diario ‘Info Matin’, así lo hacía saber: “Hemos decidido no publicar ni difundir información hasta la liberación de nuestro camarada”. Otra forma de utilizar la información como ejercicio de presión. En este caso parece necesario.

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